Buenas, o malas. A gusto del lector, o de la lectora, o de mí.
La verdad que no sé por dónde empezar, ni cómo, ni siquiera el qué, pero sé que debo empezar. ¿Y si es un final lo que debo emprender? Comenzar a finalizar, acabar, concluir esto. Y puede y solo puede que 'esto' me aluda a mí. Tal vez debo terminar conmigo, y no con la relación que tengo con mi persona, algo más simple, con yo misma. Y, por favor, no nos pongamos dramáticos pensando en la muerte porque no es al fin de mi poco extensa biografía a lo que me refiero, no al fin de este trance pero sí a un trance.
He cometido el error de llevar un sentimiento como es la tristeza a un estado de trance, a un momento que no se va. He convertido mi pena en un contínuo déjà vu.
Que he llegado a la conclusión de que preciso que me encuentren y dejar de perderme ya que supongo que necesito ayuda. Diría que es evidente pero realmente no lo es porque es que yo no hago nada evidente. Mis sentimientos siempre podrán ser y de hecho serán y son dudosos y cuestionables al ojo ajeno. Sí, al ojo. Fuera de lo intangible que sea un sentimiento, tú puedes ver tristeza, mírame si no me crees.
Tras 13 líneas de no saber cómo empezar, confieso que sigo sin saber hacerlo. Llevas un par de párrafos leyendo y yo me he limitado a explicar una pregunta retórica. Retórica hasta que yo le encuentre respuesta si es que la tiene.
No he venido aquí a hablar de felicidad y tristeza pero sí comento que si la felicidad está a la vuelta de la esquina muchos caminos son solo curvas y las únicas esquinas las forman los escalones que hay de por medio. ¿Y qué pasa cuando acabas una tanda de ellos? ¿Qué hay en la primera planta? Una puerta. Hay quienes tocan esperando que haya alguien detrás y tienen la suerte de que efectivamente lo haya, o los que directamente abren la puerta con calma y siguen su camino que a simple vista es igual que el ya recorrido. Y luego estoy yo, que hasta llegar a esa calma he tenido que abollar la puerta a golpes, llorar de rabia y destrozarme los nudillos. Todo por intentar atravesarla sin ayuda negándome a girar el pomo con tranquilidad. No siempre las puertas son simples cortinas, a veces están hechas de acero y con la rabia y la impaciencia solo consigues dolor. Más.
Y te preguntarás qué hay en la última planta. En la última planta están los pacientes, los valientes, los que aceptan ayuda sin sentirse débiles ni cobardes por ello. Y esa es la verdadera fortaleza: aceptar las cosas como son. Allí se encuentran los que están a un paso de que su camino sea algo más "cuadriculado", con sus zig zag's pero fuera ya de ese repetitivo déjà vu. Y ahí me propongo estar yo, pero nunca sola.
Gracias, hermanita.
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