Me situaré por una vez en la cara B,
o C, o la letra que reciba
el lado medianamente positivo
de mi cerebro para dedicar
al menos un tris de entusiasmo
a este próximo arsenal de líneas.
A pesar de todo y de todos, me siento afortunada.
Tengo la suerte de estar al lado
de lo que para mí
es lo más grande del mundo.
Siempre leo cosas como
que no necesitemos a nadie,
que nadie nos parezca imprescindible,
pero, ¿es eso malo realmente?
¿Qué hay de malo en que una persona te haga feliz?
Miedo.
Nos dejamos llevar por el miedo,
el temor de aferrarnos a alguien
y que nos deje en cualquier momento.
Porque en ese instante
vemos a esa persona tan perfecta
para nuestra vida y a nosotros,
por el contrario, tan defectuosos,
que es inevitable que este pánico se manifieste.
Que descubra esas piezas que nos faltan,
esos parches desgastados
y esos errores que de tanto cometerlos
son parte de nosotros.
La realidad es que ese alguien
es una de las piezas, o la pieza.
Es un nuevo remiendo, o el remiendo. Y ante todo es ese alguien
a quien tus defectos no le importan,
que incluso los desea,
porque son tuyos,
porque van contigo.
Aunque no te sientas suficiente
para esa persona, lo eres.
Te lo está demostrando,
quiere que te quedes.
Ambos sois el complemento
del otro.
Así que, ¿qué hay de malo
en que alguien sea partícipe
o incluso artífice
de nuestra tan buscada felicidad?
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