Me he estancado, creo.
No sé en qué estación me hallo.
Me gustaría que floreciese mi ilusión,
sacar esa carente calidez,
que se marchitasen mis problemas
y sustituir estas tormentas por suaves nevadas.
Y me doy cuenta de que ahora mismo
mis mariposas se deben al miedo,
intentando ser templada acabo sofocando,
que aquí lo único que caen son las ganas
y que ya ni el hielo es más frío que yo.
Y es que tal vez viva en un contínuo invierno
mientras finjo ser dura soportando
este tiempo glacial y refugiándome en mantas
cuando nadie me ve para que estos músculos
agarrotados, para que esta sonrisa mentirosa
ya inmóvil de tanta frigidez y falsedad afloje
y mis lágrimas fluyan de esos disfrazados carámbanos
cuyo fin es convertirse en granizo
logrando -con suerte-
que a la mañana siguiente solo queden las cenizas
de la escarcha.
Que vivo tratando de apagar el fuego con gasolina
y regando la felicidad con agua salada.
Tengo 365 días para situarme, para encontrarme.
O menos, o más.
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