Y míranos. Tú tan grande y yo tan pequeña. Tu pequeña. Esa con la que pasabas horas dándole patadas a un balón, tirando a la piscina, teniendo charlas que ni por asomo se tienen con alguien tan joven. Todo ese tiempo que pasé a tu lado sentada mirando una pantalla y admirando lo que hacías. Todas esas noches que empecé con pesadillas y tú ayudabas a acabarlas con sueños. Esas aburridas conferencias a las que me llevabas, pero que ojalá pudiese volver a sentir ese aburrimiento. El objetivo de tu cámara el cual yo me dedicaba a esquivar y que ahora desearía ver miles de fotos contigo. Soy esa enana que hiciste crecer, y si yo soy la persona más increíble que conociste, es porque tú no llegaste a conocerte bien, jefe. Te amo, papá.
sábado, 22 de noviembre de 2014
jueves, 20 de noviembre de 2014
⚓
Me preguntaron cómo estaba.
Nunca me ha gustado el agua. El agua moja y cuando sales da igual la temperatura de ella porque fuera hace frío. El agua se te mete en los ojos y en los oídos y molesta. El agua por lo general representa grandes superficies; el mar es inmenso, y a mí, personalmente, me hace sentir insegura. Y tal vez por todo esto no me gusta el agua, aunque a veces sea una perfecta metáfora de lo que es mi vida, o la mayoría de mis días.
Una ola de problemas (a veces es solo uno pero soy de las que se ahoga en un vaso de agua) me cubre y cuando escapo llega el frío de estar desprotegida. Todos los gritos, los malos ratos, se vuelven a reproducir. Los vuelvo a escuchar, a ver, a vivir. Una y otra vez. Como esa canción de la que estás harto y tu aleatorio no deja de poner.
Que yo soy muy pequeña y esto me supera tres tallas. Y créeme que no lo puedo devolver, ni cambiar. Un casco no es seguro si no se te ajusta bien. Y es una continua lucha entre querer y no poder crecer.
Después de la tormenta llega la calma, pero después de la calma también vuelve la tormenta. No siempre se tiene fuerzas y no siempre se puede tenerlas.
Bien. Respondí.